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Herramientas, técnicas tradicionales y tipologías

Herramientas y materiales

En cuanto al aspecto de herramientas y materiales empleados en el obrador del platero y el azabachero, son pocos los datos en la documentación histórica que permita hacer una recreación fiable. En algunos de ellos como inventarios o testamentos se mencionan un banco de madera, la forja o fragua, el torno, mobiliario diverso —banquetas, taburetes, estanterías, aparadores— y todo tipo de herramientas —fuelles, yunques, picheles, calderos, escudillas, tenazas, buriles, limas, cinceles, bruñidores, martillos, balanzas, tijeras o moldes—.

Las técnicas

Las principales técnicas que se emplean en el arte de la platería son las siguientes: en primer lugar, el fundido a la cera perdida, con un molde de cera macho mediante el cual se consigue hacer un molde hembra sobre el cual volcar la plata y oro fundidos y realizar copias en serie. Se trata del mismo procedimiento que se ha empleado en la historia del arte para reproducir grandes esculturas en bronce, y que sigue empleándose hoy de forma muy habitual en la joyería para producir pequeñas piezas. En segundo lugar tendríamos el torneado, o darle forma a la pieza mediante el torno —pensemos, por ejemplo, en el astil de un cáliz—. En tercer lugar, el cincelado y el repujado, o labrar los relieves decorativos mediante un cincel, son las técnicas más habituales. La diferencia estriba en que el cincelado se efectúa en positivo, por el anverso de la pieza, y el repujado en negativo, por el reverso, de forma que se hunde el volumen que después sobresaldrá por la cara principal de la obra. Esta operación se efectúa sobre un lacre que se calienta y reblandece, sobre el cual el platero dispone la plancha de plata que va repujando con un pequeño cincel y un martillo. Podemos decir, por lo tanto, que el repujado constituye una técnica propia y característica del arte de la platería, y donde los artífices suelen desplegar su particular maestría. Finalmente, el platero puede llevar a cabo el calado o troquelado de algunas partes para conseguir efectos decorativos, así como el bruñido de la pieza que asegura conseguir todo el brillo posible del material, operación que se realiza con una piedra de ágata.

También debemos aludir al arte de la filigrana, especialmente empleada en pequeñas piezas o joyería, y que se refiere a la creación de obras mediante un fino hilo de plata u oro que se va retorciendo y entrelazando sobre sí mismo para conseguir la composición de la obra. En cualquier pieza, también habría que contemplar la posibilidad del sobredorado o baño de oro, el esmaltado o el engastado de piedras preciosas u otros materiales como perlas, nácar o por supuesto, azabache. El azabache, por su propia naturaleza de material frágil, tendente a resquebrajarse, requiere de mucha destreza para su manufactura, a través, principalmente, de la técnica del tallado mediante gubias y cuchillos o pequeños tornos, para su posterior pulido.

Tipologías

Piezas religiosas

En cuanto a las tipologías, las piezas de orfebrería se pueden subdividir en dos grandes grupos, las religiosas y las civiles. Entre las primeras, las más habituales son las llamadas de pontifical o servicio de misa: cálices con su patena, copones —para las hostias—, vinajeras —para el vino y el agua—, incensarios —como el botafumeiro, pero de pequeño tamaño—, navetas —piezas en forma de barco para guardar el incienso, con su cucharilla—, palmatorias —para encajar velas— o despabiladeras —para cortar el pábilo o mecha—. De procesión y de gran tamaño y vistosidad, sobresalen las cruces parroquiales y las custodias, donde se expone la Sagrada Forma para su adoración, y los acetres —calderos para el agua bendita, que se esparce con un hisopo—. De devoción tendríamos las figuras de santos y los relicarios, mientras que de mobiliario podemos mencionar los sagrarios y las lámparas.

Piezas civiles

En cuanto a las piezas civiles, son mucho más heterogéneas y responden a usos muy diversos. Entre estas destacan las bandejas, que solían ser las obras más apreciadas en regalos, junto con juegos de vajilla, cuberterías, jarras o juegos de café o chocolate. También de gran estima podemos mencionar los juegos de tocador con distintos frascos, peines y espejos, así como joyeros y cajas de variada naturaleza. Por supuesto, no faltarían los candeleros y candelabros, floreros, ceniceros o pitilleras. Una pieza curiosa y muy común, a camino entre lo religioso y lo civil, son las benditeras o pequeñas pilas de agua bendita que se colgaban al lado de la puerta para santiguarse al entrar y salir de casa.

Joyería

Mención aparte merece la joyería, ya que, aunque la tendencia a lo largo del siglo XX fue unir ambas especialidades, históricamente el oficio de joyero no era el mismo que el del platero, y han evolucionado de forma distinta dependiendo del territorio. Además de las tipologías habituales de joyas que todos conocemos, en el caso de la tradición gallega debemos destacar los sapos —pectorales o colgantes— y los brincos o arracadas de argolla —en ambos casos pendientes—. Estas piezas son habitualmente realizadas en filigrana de oro y plata, con incrustaciones de azabache. Entre las piezas propiamente de este mineral, destacan las figas o pequeños amuletos en forma de mano que se prendían del cuello o de la ropa. Podemos atestiguar su uso en los cuadros de época, como el del príncipe Felipe Próspero de Diego Velázquez, donde varias figas protegen al heredero del mal de ojo.